No hay mayor traición que culpar a uno cuando es cosa de dos.
Íbamos a velocidades distintas. Cuando tú tenías seguro que yo era para ti, yo empecé a considerar la idea de que quizá fuera así.
Pero entiéndeme, me da miedo correr, por si pasaba esto. Y ya ves, tan equivocada no estaba.
Pensaba que éramos iguales, que por regla de tres saldría todo bien. Y ya ves, me equivoqué.
Tal vez ninguno esté dispuesto a pasarlo mal y por eso ninguno se atreve a arriesgar.
domingo, 16 de febrero de 2014
Las prisas nunca fueron buenas
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