Casi no ha amanecido y ya estoy lista para enfrentarme al nuevo día que empieza. Llevo puesta la misma sudadera con la que no se pasa ni frío ni calor, la que se lleva a gusto y no pesa. Tengo tantas cosas en la cabeza que no sé lo que tengo que hacer ahora, si bajar a desayunar o arreglar el cuarto. El orden de las cosas es importante, aunque parezca que no, pero si te acostumbras a hacerlo todo siguiendo un determinado patrón, se hace más rápido. Cómo todavía no he establecido una jerarquía de mis movimientos, voy a bajar a la cocina a desayunar lo primero que vea apetecible. Normalmente no hago esto, simplemente bebo unos cuantos tragos de agua fresca para saciar el hambre y aguanto hasta el almuerzo. Casualidades de la vida que hoy había en la puerta del frigorífico un refrescante zumo de melocotón que mi estómago ha agradecido sinceramente.
Creo que ya estoy lista para irme, así que arreglaré mi cama para que sin estar arrugada se pueda abrir fácilmente y guardaré los zapatos en el armario, por si alguien entra que no tropiece. Salgo por la puerta decidida a disfrutar del día como un regalo de la vida, dejando las preocupaciones de lado y con la cabeza bien alta. Pero de repente, toda mi preparación no ha servido para nada, pues él está ahí, en la acera de enfrente, esperando de pie con la cartera medio colgada y ese peinado mañanero que parece haberse resistido a cualquier tipo de peine o cepillo, pues aún le queda alguna que otra señal de haber dormido profundamente.
Le saludo tímidamente esperando una respuesta... pero está demasiado distraído como para fijarse en mí, una simple chica modesta que habla lo justo en clase y casi nadie conoce de su existencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Si tienes algo que decir, aquí puedes dejarlo escrito.