Y es que todo da vueltas. La vida cambia, las cosas se vuelven más y más difíciles de conseguir. Todo cuesta un precio, un coste que tarde o temprano se paga. Los sentimientos sólo son algo fugaz, efímero, como un soplo en el viento, como la vida de una mariposa.
Creo firmemente en el amor, en la amistad y en los valores morales. Creo en el esfuerzo, en el trabajo, en la familia... Pero sinceramente, todo esto no me lleva a ningún lugar, siempre tropiezo con las mismas piedras. Esas, las que me recuerdan que sigo aquí, que no me he ido, que vivo en el presente y no en otro tiempo. De hecho, el error constante de mis actos es que siento demasiado. Siento que estoy rodeada de gente, gobernada por el dinero y sin alma, la misma gente que antes o después cruzarán mi senda y guiarán mis pasos de forma errónea. Sin embargo, no puedo permitir que eso suceda, debo enfrentarme a mis miedos, seguir adelante con paso firme, sin distracciones, y sobre todo, viviendo la vida con la satisfacción de ser dueña de mí misma.

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